Cuando el cuerpo te grita que estás demasiado alto
Hay un caso de Carl Gustav Jung que siempre me ha gustado citar.
Trata de un hombre con una vida aparentemente perfecta: posición, prestigio, todo lo que se supone que hay que tener. Llegó a la consulta de Jung con una ansiedad que lo estaba consumiendo. Mareos fuertes, náuseas, la cabeza como de plomo y una dificultad para respirar que le quitaba el aire. Los síntomas eran idénticos a los del mal de montaña.
No había subido ninguna montaña de verdad. Pero su vida sí.
Había trepado tan alto en ambiciones, en exigencias, en lo que “tenía que ser”, que se había alejado por completo de sí mismo, había desconectado de su cuerpo y espíritu por la idea de lo que debía perseguir. Y su cuerpo, más honesto que su mente, empezó a gritarle con toda la fuerza: “Baja. Aquí arriba no hay oxígeno para ti”.
Cuando por fin dejó de luchar contra los síntomas y se atrevió a escuchar lo que le querían decir, todo cambió. Los mareos se fueron. La respiración volvió. Y él reordenó su vida desde un lugar mucho más real y más suyo.
La ansiedad casi nunca viene a destruirnos. Casi siempre viene a devolvernos.
Es el mensajero que aparece cuando nos hemos ido demasiado lejos de «casa».
¿Y si eso que sientes en el pecho, en la cabeza o en el estómago no fuera el enemigo… sino la forma que tiene tu cuerpo de pedirte que bajes un poco y vuelvas a ti?
Si algo de esto te resuena y sientes que tu cuerpo está hablando pero aún no sabes bien qué te quiere decir, aquí estoy.
Puedes escribirme cuando quieras. Primera conversación sin compromiso. raulmolina.es
Con calma. Sin prisa. Volviendo a ti.
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