Cuando te gritan y el cuerpo se hace pequeño

Hay algo que se repite en algunas mujeres que acompaño. Están en una relación donde hay cariño real… y de pronto, en medio de una conversación normal, él se pone tenso. Interpreta un gesto, una sonrisa, una palabra dicha a otra persona. Sube el tono. Acusa. Y ella se queda en silencio. A veces se le llenan los ojos de lágrimas. Siente una injusticia enorme y, al mismo tiempo, una culpa antigua que no sabe de dónde viene.

Así le pasaba a Clara.

Clara tiene 43 años. Está separada. Tiene un hijo adolescente al que adora y una hija pequeña que vive con el padre. Lleva un tiempo con Andrés. Hay momentos bonitos, de verdad. Pero también hay otros. Especialmente cuando salen. Andrés empieza a mirar de reojo. Pregunta con voz rara. “¿Por qué le has hablado tanto a ese?”. “¿Te has acercado demasiado?”. A veces no pregunta. Directamente acusa. Y la voz se le sube.

Clara se bloquea. Se queda quieta. Como si de pronto ocupara menos espacio. Por dentro se revuelve todo: rabia, vergüenza, ganas de desaparecer. Y esa frase que le da vueltas: “No he hecho nada… pero, ¿por qué me siento culpable?”.

Un día, trabajando juntos, apareció una escena de cuando tenía once años. Estaba en el taller de su padre. Él le había pedido que moviera unos tablones. Ella no podía con el peso. Su padre se giró, la miró con desprecio y le gritó: Qué floja eres! La comparó con su hermana. Luego le dijo: no vales para nada! Clara se quedó clavada. Lloró en silencio. Sintió vergüenza hasta los huesos. Impotencia. Y una rabia que no pudo sacar. Nunca habló de ello.

Cuando su madre estaba cerca, la defendía. Pero si no estaba, Clara callaba. Prefería el silencio antes que armar más conflicto. El tono de su padre desde aquel día le dejaba petrificada. Así aprendió dos cosas que se le quedaron grabadas en el cuerpo:

Que cuando alguien la acusa o le grita, especialmente un hombre, aunque no sea culpa, se siente culpable. Y si alguien la defiende, también se siente culpable… porque teme que eso genere todavía más pelea. Nunca había reparado en que aquello se había estado proyectando con las parejas que había tenido desde joven.

Ese doble nudo de culpa la ha acompañado toda la vida. Y ahora se activaba cada vez que Andrés alzaba la voz.

En la sesión no intentamos cambiar a Andrés. Ni pelear contra los celos. Trabajamos con la niña de once años. Le llevamos la inocencia que le habían quitado aquel día en el taller. Le dijimos, ella y yo, despacio, hasta que el cuerpo lo creyó:

“Tú eres inocente de lo que tu padre decía. Eso no era tuyo. Tenía que ver con él. Tú puedes quedarte en la inocencia y en la indiferencia.”

No es una frase bonita. Es un ancla nueva más verdadera y funcional. Un lugar interno al que volver cuando la voz del otro se pone alta y el cuerpo quiere hacerse pequeño.

Clara lo practicó. Visualizó una situación social. Andrés acusándola de algo que no había hecho. Y ella, en vez de justificarse o callar llorando, respiraba y se quedaba en su centro. Sin pelear. Sin convencer. Simplemente sin cargar con lo que no le pertenecía.

Poco a poco algo empezó a cambiar. No en Andrés necesariamente. En ella. Dejó de entregarle su paz a cambio de que él se calmara. Empezó a poder elegir: retirarse un rato, quedarse con su hijo, o simplemente no entrar en el juego.

Y eso, aunque parezca pequeño, lo cambia todo.

Porque las personas que buscan conflicto o control no necesitan que las convenzamos. Necesitan que dejemos de cargar con su sombra.

Si algo de esto te ha tocado, si reconoces ese bloqueo, esa culpa antigua o esa dificultad para sostenerte cuando te alzan la voz… puedes escribirme.

Con calma. Sin prisa. Para mirar juntas lo que aún pesa y devolverle a tu niña interior lo que siempre fue suyo: la inocencia y el derecho a ocupar su espacio.

raulmolina.es

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